Todos los padres conocen el dilema: hoy es tarde, el niño está cansado, quizá conviene adelantar la hora de dormir media hora; pero mañana hay partido de fútbol y de nuevo se hará tarde. Una noche una hora, la siguiente otra. Parece un detalle sin importancia, pero un nuevo estudio de la Universidad Estatal de Pensilvania sugiere que no lo es en absoluto.

Los investigadores, dirigidos por Adwoa Dadzie y Orfeu Buxton, siguieron a 143 niños de seis años, haciéndoles llevar durante siete noches un pequeño sensor de muñeca capaz de registrar sus ritmos de sueño. Después observaron cómo esos niños gestionaban la frustración en pequeñas tareas pensadas para ponerlos a prueba, y cómo interactuaban con sus padres. El resultado más interesante no tiene que ver con cuánto dormían los niños, sino con cuánto cambiaba de una noche a otra la hora en que se dormían: cuanto más variaba, peor gestionaban los niños sus emociones y su comportamiento. Un niño cuya hora de acostarse oscilaba unas dos horas a lo largo de la semana mostraba una autorregulación más débil que uno cuya hora variaba solo veinte minutos.

Hay que decirlo con honestidad: es un estudio observacional, que muestra una asociación entre regularidad del sueño y comportamiento, no una prueba definitiva de que la irregularidad sea la única causa. Los niños con vidas familiares más caóticas, por ejemplo, podrían tener a la vez horarios menos regulares y más dificultades emocionales por otras razones. Pero el dato se suma a una línea de investigación más amplia que en los últimos años ha puesto de relieve cuánto importa la constancia —más que la simple cantidad de horas— para el bienestar de los más pequeños.

La buena noticia es que no hace falta un horario perfecto e inamovible: hace falta uno realista, que la familia pueda cumplir de verdad casi todas las noches, acompañado de un pequeño ritual que lo introduzca siempre de la misma manera: un baño, un cuento, la luz que se atenaúa. Es ese pequeño ritual repetido el que indica al cuerpo y a la mente del niño que el día está a punto de terminar, mucho más que una hora escrita en el calendario.

Esta noche, en lugar de perseguir el horario «perfecto» en abstracto, intenta elegir el que puedas mantener casi todas las noches. La regularidad, más que la perfección, es el verdadero regalo que podemos hacer al sueño —y a las emociones— de nuestros hijos.

Fuentes

  • Dadzie, Buxton et al. (2024), estudio Penn State/INSIGHT con 143 niños de 6 años
  • ScienceDaily
  • Penn State Social Science Research Institute

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