Llega ese momento, casi siempre al final del día, en que te das cuenta de que lo has dado todo a los demás — al trabajo, a la familia, al teléfono que no deja de vibrar — y casi nada a ti mismo. Notarlo no es egoísmo. Es el primer paso para poner orden.
Hace casi cinco siglos, Michel de Montaigne escribió en su ensayo «De la soledad» (Ensayos, libro I, capítulo 39) una frase que hoy suena a consejo de higiene mental: «La mayor cosa del mundo es saber pertenecerse a uno mismo». No hablaba de cerrarse al mundo. Hablaba de cultivar un espacio interior que siga siendo nuestro incluso cuando todo alrededor reclama atención. Montaigne lo llamaba «la trastienda», un lugar al que retirarse para reencontrarse.
Pertenecerse a uno mismo no significa aislarse, sino aprender a no depender por completo de la aprobación, de los roles, de las cosas que poseemos. Montaigne proponía prestarnos a los demás sin entregarnos del todo: estar presentes en las relaciones sin perder el centro. En la práctica, puede significar reservar cada día unos minutos de silencio, sin pantallas; preguntarnos qué pensamos de verdad antes de sumarnos a la opinión general; aceptar nuestros defectos en lugar de combatirlos sin descanso. Porque Montaigne no buscaba un yo perfecto: buscaba un yo verdadero, humano, imperfecto y por eso auténtico.
Conocerse no es una meta que se alcanza de una vez para siempre, sino una conversación que dura toda la vida. Empieza hoy, con una pregunta sencilla: ¿cuándo fue la última vez que estuviste de verdad en tu propia compañía? Sea cual sea la respuesta, ya es un comienzo. Todo se resuelve, también la relación más importante que tendrás: la que tienes contigo.
Fuentes
- Michel de Montaigne, Ensayos (Essais), Libro I, capítulo 39, «De la soledad» (1580).
Los contenidos de este blog son informativos y no sustituyen la opinión del médico o del psicólogo.
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