"No tengo tiempo" es quizá la frase más repetida de nuestros días. La decimos con prisa, como una excusa y a la vez una condena. Y sin embargo, hace casi dos mil años, un filósofo romano ya nos había advertido de que el problema, a menudo, no es la cantidad de tiempo, sino cómo lo usamos.
En su diálogo Sobre la brevedad de la vida, Séneca escribe que la vida no es breve: somos nosotros quienes la hacemos así al desperdiciarla. La gastamos aplazando, viviendo siempre a la espera del futuro, regalando nuestras horas a cualquiera menos a nosotros mismos. "No es que tengamos poco tiempo", dice, "sino que perdemos mucho." Guardamos con cuidado nuestros bienes y nuestro dinero, pero dejamos que el tiempo — lo único verdaderamente irrecuperable — se nos escurra entre los dedos sin darnos cuenta.
La lección es sorprendentemente práctica. Prueba a tratar el tiempo como tratarías el dinero: saber adónde va. Decir no a lo que no importa es decir sí a lo que sí importa. Reduce las distracciones que te roban horas sin darte alegría, y dedica cada día aunque sea una hora entera a lo que de verdad valoras — una persona, un proyecto, un momento de calma.
No podemos alargar la vida, pero podemos dejar de desperdiciarla. Y a menudo basta una pregunta, hecha con honestidad una y otra vez: esto, ahora, ¿merece mi tiempo?
Fuentes
- Seneca, L. A. De Brevitate Vitae (Sobre la brevedad de la vida), ca. 49 d.C.
Los contenidos de este blog son informativos y no sustituyen la opinión del médico o del psicólogo.
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