Casi siempre volvemos de un paseo entre los árboles un poco más ligeros, con la mente más despejada. Lo atribuimos al azar o al buen humor, pero detrás de esa sensación hay una respuesta del cuerpo que la ciencia ha aprendido a medir.

En Japón lo llaman shinrin-yoku, “baño de bosque”. En una serie de experimentos realizados en 2010 en veinticuatro bosques japoneses, el equipo de Bum-Jin Park comparó lo que le sucede al cuerpo en la ciudad y en el bosque. Caminar y detenerse entre los árboles reducía el cortisol — la principal hormona del estrés — en un 12,4%, la frecuencia cardíaca en un 5,8% y la presión arterial en un 1,4%. El sistema nervioso, en resumen, pasaba del modo “alerta” al modo “descanso y recuperación”.

Lo bonito es que no hace falta un bosque ni un viaje: basta un parque, una calle arbolada, un rincón verde. La clave es cómo estás ahí. Deja el teléfono en el bolsillo y entrégate a los sentidos — el olor de la tierra y las hojas, los sonidos, la luz que se filtra. Incluso veinte minutos, sin prisa y sin destino, bastan para notar la diferencia.

La naturaleza no nos pide nada y nos devuelve mucho. Concedérsela de vez en cuando no es un lujo: es un pequeño remedio, gratuito y siempre disponible, para bajar el volumen del estrés.


Fuentes

  • Park, B. J., et al. (2010). The physiological effects of Shinrin-yoku (taking in the forest atmosphere or forest bathing): evidence from field experiments in 24 forests across Japan. Environmental Health and Preventive Medicine, 15(1), 18–26.

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Avatar Floriana Missori

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