Nos han repetido una y otra vez que bastan 21 días para crear un hábito. Así, cuando al día veintidós la nueva buena intención aún no se ha vuelto automática, nos sentimos fracasados y lo dejamos. Pero ese número es un mito, y la verdad es mucho más amable.
En 2010, Phillippa Lally y sus colegas del University College London siguieron a 96 personas mientras intentaban adoptar un nuevo comportamiento diario. El tiempo mediano para que ese gesto se volviera automático resultó ser de 66 días — no 21 — con una enorme variabilidad entre personas, de 18 a 254 días. ¿El detalle más liberador? Saltarse un solo día no comprometió en absoluto el proceso. Un día malo no borra las semanas anteriores.
¿Cómo se lleva a la práctica? Haz que el hábito sea pequeño, casi ridículamente fácil, y engancha lo a algo que ya haces: "después del café de la mañana, cinco minutos de lectura". Apunta a la constancia, no a la perfección, porque es la repetición en el mismo contexto la que abre el surco. Y si un día te lo saltas, retómalo al día siguiente sin culpa: no has vuelto al punto de partida, solo has puesto una coma.
Los grandes cambios no nacen de arranques heroícos, sino de pequeños gestos repetidos con paciencia. Date tiempo: 66 días son muchos menos que los que pasarán de todos modos.
Fuentes
- Lally, P., van Jaarsveld, C. H. M., Potts, H. W. W., Wardle, J. (2010). How are habits formed: Modelling habit formation in the real world. European Journal of Social Psychology, 40(6), 998–1009.
Los contenidos de este blog son informativos y no sustituyen la opinión del médico o del psicólogo.
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