Hay un momento que casi todos los padres conocen: la noche después de haber alzado la voz por una tontería, preguntándose si han estropeado algo. La buena noticia, según décadas de investigación sobre el apego, es que esos momentos de fricción no son el problema. Lo que ocurre justo después es lo que marca la diferencia.

En los años setenta, el psicólogo del desarrollo Edward Tronick diseñó lo que se convertiría en uno de los experimentos más citados de la psicología infantil: el “Still Face Experiment” (experimento del rostro inmóvil). Una madre interactúa normalmente con su bebé y luego, durante unos minutos, deja de responder por completo, manteniendo el rostro inmóvil y sin expresión. El bebé, desconcertado, intenta de todas las formas recuperar su atención — sonríe, señala, se agita — antes de retirarse angustiado. Sin embargo, en cuanto la madre vuelve a responder con normalidad, el bebé se recupera casi de inmediato. Tronick, junto con sus colegas Als, Adamson, Wise y Brazelton, publicó estos resultados en 1978 en el Journal of the American Academy of Child Psychiatry, abriendo una línea de investigación que continúa hoy: las interacciones entre padres e hijos están sincronizadas solo una parte del tiempo — el propio Tronick estimó que, incluso en las parejas más compenetradas, el desajuste ocurre en aproximadamente el 70% de los intercambios. El vínculo no se construye en ausencia de errores, sino en la capacidad de volver a sintonizar después de que algo se rompe.

Esto también vale para errores más grandes, como perder la paciencia o decir algo que no queríamos decir. Un estudio de 2017 publicado en el Journal of Counseling & Development por Jeremy Ruckstaetter y colegas analizó la relación entre las disculpas de los padres y la calidad del apego de los hijos, y encontró que cuando un padre o una madre reconoce un error con empatía — sin minimizarlo ni culpar al niño por su propia reacción — el hijo tiende a desarrollar un apego más seguro con el tiempo.

En la práctica, reparar no requiere largos discursos. Basta con volver junto al niño, mirarlo a los ojos y decir con sinceridad: “Antes alcé la voz, lo siento, no era culpa tuya”. Repetida en el tiempo, esta frase enseña algo valioso: que los vínculos se pueden romper y luego reparar, y que el amor no depende de la perfección.

Si esta noche habéis tenido un día difícil con vuestros hijos, no es demasiado tarde para volver junto a ellos. El vínculo no se mide por cuántas veces caemos, sino por cuántas veces elegimos volver a levantarnos juntos.

Fuentes

  • Tronick, E., Als, H., Adamson, L., Wise, S., & Brazelton, T.B. (1978). The Infant’s Response to Entrapment between Contradictory Messages in Face-to-Face Interaction. Journal of the American Academy of Child Psychiatry, 17(1), 1–13.
  • Ruckstaetter, J., Sells, J., Newmeyer, M.D., & Zink, D. (2017). Parental Apologies, Empathy, Shame, Guilt, and Attachment: A Path Analysis. Journal of Counseling & Development, 95(4), 389–400.

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Avatar Floriana Missori

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