En 1986, el psicólogo James Pennebaker y su colega Sandra Beall publicaron en el Journal of Abnormal Psychology un experimento que se convirtió en un clásico de la psicología de la salud: pidieron a un grupo de estudiantes universitarios que escribieran durante quince a veinte minutos al día, durante cuatro días consecutivos, sobre una experiencia emocionalmente difícil o traumática, mientras que a un grupo de control se le pidió que escribiera sobre temas neutros. En lo inmediato, quienes escribían sobre sus experiencias dolorosas se sentían más alterados. Pero en los meses siguientes, el grupo “experimental” mostró menos visitas al médico, mejores indicadores de función inmunitaria y un estado de ánimo más estable que el grupo de control. De este estudio nació toda una línea de investigación sobre la “escritura expresiva”, replicada en cientos de estudios posteriores.
¿Por qué funciona? Una explicación, desarrollada en años posteriores también desde la neurociencia (el fenómeno se conoce como “affect labeling”, poner una emoción en palabras), es que traducir una experiencia caótica y dolorosa en un relato escrito, con un principio y un final, ayuda al cerebro a organizarla, reduciendo el esfuerzo mental constante que hace falta para reprimirla o darle vueltas sin resolverla. Dicho de otro modo: dar forma a las cosas con palabras las vuelve más manejables.
Para probarlo: elegir quince a veinte minutos, durante tres o cuatro días consecutivos, y escribir de corrido sobre algo que pesa —sin preocuparse por la gramática, la coherencia o el buen estilo, y sin intención de releerlo ni mostrárselo a nadie. Es normal sentirse un poco más alterado los primeros días: según los estudios, es justo ahí donde empieza el beneficio que llega después.
Fuentes
- Pennebaker, J. W., & Beall, S. K. (1986). Confronting a traumatic event: Toward an understanding of inhibition and disease. Journal of Abnormal Psychology, 95(3).
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