El desayuno del sábado siempre a la misma hora, con las mismas tazas. El paseo del domingo, con lluvia o con sol. El juego de mesa después de la cena, sin televisión ni teléfonos. Son pequeños gestos que se repiten semana tras semana, a menudo sin que nadie los planifique realmente: y sin embargo, según la investigación psicológica, son precisamente estos rituales los que construyen en los niños un sentido de pertenencia que dura mucho más que el propio fin de semana.

En 2002, la psicóloga Barbara H. Fiese y sus colegas de la Universidad de Syracuse publicaron en el Journal of Family Psychology una revisión de 50 años de investigación sobre rutinas y rituales familiares, analizando 32 estudios. El resultado es claro: los rituales familiares — desde las cenas compartidas hasta las pequeñas tradiciones de fin de semana — se asocian con una mejor salud en los niños, una adaptación más sólida en momentos de cambio (como una separación) y un sentido más fuerte de identidad familiar. No hace falta que sean eventos grandiosos: lo que cuenta es su repetición previsible, ese “siempre lo hacemos así” que le dice al niño “esto es lo que somos, juntos”.

Hay una diferencia importante, explican los investigadores, entre las rutinas (actividades prácticas y recurrentes, como el baño o el almuerzo del domingo) y los rituales propiamente dichos, que llevan consigo un significado simbólico compartido. Pero en la vida real de las familias ambos se entrelazan: el mismo paseo de fin de semana puede empezar como pura organización práctica y convertirse, con el tiempo, en “nuestro paseo” — un pequeño rito que los niños empiezan a esperar, y que recordarán de adultos.

En el fin de semana que estamos viviendo, entre compromisos, recados y la tentación de llenar cada hora, vale la pena preguntarse: ¿cuál es nuestro pequeño ritual? No tiene que ser costoso ni complicado. Puede ser un desayuno más largo de lo habitual el sábado, un domingo sin planes fijos, una canción que siempre se canta en el coche al volver a casa. Lo que importa, según la investigación, no es la magnitud del gesto sino su constancia: saber que ese momento volverá, cada semana, igual a sí mismo. Para un niño, este tipo de previsibilidad no es aburrimiento — es la prueba de que existe un lugar, hecho de personas, al que siempre pertenece.

Fuentes

  • Fiese, B. H., Tomcho, T. J., Douglas, M., Josephs, K., Poltrock, S., & Baker, T. (2002). A review of 50 years of research on naturally occurring family routines and rituals: Cause for celebration? Journal of Family Psychology, 16(4), 381–390.

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